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LA HIJA DE UN QUINQUI…


INTERVIU

•Ahora que los quinquis están de moda y los museos les dedican exposiciones, la hija de ‘el Peleas’, que fue uno de los más emblemáticos y peligrosos ‘mercheros’, rompe la ley del silencio. Remedios García sufrió las penurias de una vida nómada entre abusos, robos y narcotráfico.

Mi padre fue uno de los últimos ‘mercheros’ [quinquis] clásicos. Fue un nómada por obligación, y en los años 70 recorrió España robando. Luego se hizo narcotraficante, colocándose como intermediario entre los grandes capos turcos y los pequeños camellos: sus propios hijos”. Nada más nacer, Remedios se resbaló entre los brazos de su tío de 14 años y cayó sobre la nieve. Lo del pan bajo el brazo no estaba escrito para ella. Remedios García Grande tiene 46 años y es la única hija y nieta de quinquis que se atreve a romper la ley del silencio. Y tiene mucho que contar: vivió las reyertas y los robos, pero también sufrió los abusos de su padre, Pedro Pardo Romero, alias el Peleas, uno de los quinquis más temidos de la época. Remedios se crio en barriadas marginales de Barcelona y el País Vasco, donde vio morir enfermos o por la droga a tres de sus hermanos y caer abatido a su padre por las balas de ETA; y ha sentido en carne propia la violencia machista y la prostitución. “Sí, ser ‘merchera’ me ha dejado secuelas. A pesar de todo, estoy orgullosa de serlo – cuenta a interviú desde el País Vasco –. Mi casa siempre estará aquí, no tengo que huir de nada ni de nadie, ni siquiera de mi pasado ni de mis fantasmas. Me gusta la esencia de este país. La culpa nunca es del sitio, es de las personas y sus circunstancias”. Remedios acaba de terminar de escribir su sobrecogedora historia y busca quien publique tanta desgracia. Quizá sea ella la única que se atreva a destripar las miserias de estos clanes. “Somos una raza nómada con costumbres y leyes diferentes”, es una de sus primeras aclaraciones. Quinqui es un término manoseado, que hace referencia a cualquier delincuencia macarra de los años 70 y 80. Un fenómeno tan made in Spain que hasta el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) le está dedicando ahora una exposición (ver recuadro en la página 44).  A los auténticos quinquis se les ha conocido a lo largo de la historia como mercheros, quincalleros – aquellos que reparaban objetos de metal de escaso valor – o quinaores – que en argot significaba ladrón de caballos –.  Han pasado casi cien años de las primeras noticias sobre la presencia de familias nómadas que pasaron de arreglar calderas a asaltar trenes de mercancías. En 2009, hay hijos y nietos de mercheros que ni saben que lo son ni conocen la vida clandestina de sus antepasados; otros no quieren reconocer su procedencia, y los más han seguido por la senda de la delincuencia. “Somos otra raza – repite Remedios –, con una jerga, costumbres y leyes diferentes; pero no hay que meter a todos los ‘mercheros’ en el mismo saco”.  Admite que el machismo es una de las señas de identidad: “Si la mujer protesta mucho, el marido en seguida quiere ponerse en su papel de macho, y si hace falta, te da una paliza, algo muy normal dentro de mi raza, y por desgracia también en otras”. De hecho, vio como su padre, cada vez que salía de prisión, pegaba a su madre. Los momentos más dolorosos fueron de niña. Tenía tres años y su familia vivía todavía en Salamanca. Dos parientes mercheros la llevaron a dar un paseo por un bosquecillo. Uno de sus parientes la obligó a sentarse en una piedra, le quitó las bragas y comenzó a masturbarse. Gritos y llantos fueron su desahogo. “Desde ese día empecé a intuir las cosas antes de que me pasaran”, cuenta en su biografía. Cuando Remedios tenía diez años, se topó con la peor de las realidades. El padre llegaba a casa después de robar con sus compadres joyas y dinero en chalés, joyerías y bancos. Y su madre, Piedad Grande Blanco, del clan de los Blasones, le recriminó no haber llamado en muchos días. Era la primera vez que la pegaba delante de los niños. La golpeó tanto que el hermano mayor se interpuso. “Y la silla, cuyo destino era la cabeza de mi madre, acabó rota en la espalda de mi hermano”, narra Remedios. Poco después, su padre le pidió que le acompañase a robar fruta. Ya en el huerto, su padre gritó que venía la Guardia Civil.  Le pidió que se tumbase “y a todo correr se bajó el pantalón y con el pene erecto se tumbó sobre mí”.  Luego se escudó diciendo que era un truco para despistar a los guardias y que pensasen que eran una pareja en pleno calentón. “Nunca debió traspasar esa línea.  Me dejó un trauma, y todo ese pasado me llevó donde nunca pensé”, dice Remedios.  A finales de los 60 se marcharon a Barcelona.  Establecidos en una barriada marginal, su padre siguió delinquiendo y además se lanzó al contrabando. “Debería haberme tomado que mi padre era un delincuente como algo normal, como todas las ‘mercheras’, porque era parte de nuestras vidas”, explica. También hubo momentos felices, sobre todo cuando residían en Sant Boi de Llobregat, en la periferia barcelonesa, y su padre estaba preso: “Éramos pobres y humildes, pero vivíamos tranquilos”. Allí su madre se iba a las tres de la mañana a currar y Remedios y otros tres hermanos – entre ellos un bebé – se quedaban encerrados en casa.  En el barrio con ‘el Vaquilla’  El cautiverio era divertido: cabañas con los colchones y gamberradas varias.  A su hermano Patricio, que no tenía más de diez años, se le quedó pequeña la casa y se aproximó a José Antonio Moreno, el Vaquilla. Éste todavía no era el perro callejero de las películas, pero ya lo conocían por los robos de coches. Lo bueno se acabó cuando el Peleas salió de la cárcel y siguió robando.  Antes de huir de Cataluña robó el carné de identidad de un comerciante del barrio, Miguel Castellanos. Falsificó el DNI y colocó allí su foto, “sepultando para siempre su verdadero nombre, Pedro Pardo Romero”.  Toda la familia se fue a Bermeo (Vizcaya).  Allí, con su nueva identidad, cogió un bar y la familia se integró. El Peleas no soportaba una vida en paz, así que compaginaba la barra del bar con los robos. “Cuando los periódicos hablaban de robos y violaciones en el monte de Artxanda, yo intuía que era él.  Luego veía que llegaba a casa con joyas robadas”,  relata Remedios. Además de montar timbas ilegales, el Peleas comenzó a trapichear con droga y se convirtió en el narco del pueblo. Ocho años después, a principios de los 80, le llegó una carta de ETA: o se marchaba de Bermeo o lo mataban. El 26 de diciembre de 1984, dos hombres entraron en su casa y lo acribillaron delante de Remedios y su hijo de cuatro años.  “Al día siguiente salimos a escondidas, como ratas”,  recuerda la hija del quinqui.  El destino era Bilbao. Con 22 años, casada y con un niño, la única solución que vio para sobrevivir fue la prostitución.  En sus memorias admite que se metió en esa actividad “por un sentimiento de culpa, de pagar por los errores cometidos por mi padre, que me arrastraron hacia la destrucción”.  De chavala se cortaba los brazos con cuchillas por el mismo motivo.  El casco viejo de Bilbao era su hogar, de casa en casa de citas.  Después,  siete años como encargada de uno de los burdeles. Mientras, sus hermanos se esfumaban entre la cárcel, la heroína, el alcohol, la hepatitis y el sida. De nuevo se quedó embarazada, y su pareja – también delincuente – no paraba de darle palizas. Tomaba tranquilizantes y vendía heroína para tirar. A finales de los 90, decidió desenterrar a su padre y devolverle su verdadera identidad.  Así cobraría la indemnización como hija de un asesinado por ETA.  Un calvario burocrático para que fuese admitida como hija legítima.  En el 2002 cobró y aprendió a no sentirse culpable.  “Nací en la familia que me tocó y creo que he pagado por ello”, dice en sus memorias. Remedios sigue buscando la tranquilidad.  “Desde niña me rebelé.  Esto no es una secta, el que quiere puede vivir como le dé la gana, no tiene que seguir los pasos de su padre.  El único precio que paga es que te repudien, que te miren mal, pero me da igual, ellos no me han dado de comer. Lo mismo que tengo parientes etarras o traficantes, tengo primos que son guardias civiles o enfermeras”.

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Categorías:"NI UNA PALABRA MAS"
  1. 7 mayo, 2013 en 12:55 pm

    Es sencillo siempre y cuando sepas algo de informatica, pide ayuda a alguien que sepa y te enseñe, despues tu podras hacerlo sola.

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