Estigma merchero reportaje TVE

ESTIGMA MERCHERO

 

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Crowdfunding para analizar el ADN de los mercheros

Por Benigno Varillas El pueblo de los mercheros es una etnia nómada española de la que no se sabe nada. Poca gente conoce su existencia. A los que “les suena”, en su ignorancia los asimilan a los gitanos. Pero nada tienen que ver con el mundo caló, aunque fueran también nómadas y en su declive … Continuar leyendo “Crowdfunding para analizar el ADN de los mercheros”  Origen: Crowdfunding para analizar el ADN de los mercheros

Los mercheros

Un nuevo camino para los últimos mercheros

La comunidad merchera, muy perseguida durante el franquismo, usa las redes sociales para evitar que su memoria se pierda

Jesús García Barata junto a su hijo Bernardo, en su casa de Ferral de Bernesga, (León).rn
Jesús García Barata junto a su hijo Bernardo, en su casa de Ferral de Bernesga, (León). JAIME VILLANUEVA

“Anoche soñé que veía a mi madre y a mi abuela con su pañuelo al cuello, el pelo recogido en una cola de caballo con sus faldas largas, su faldriquera y el gesto amable en sus rostros. Vi el círculo de carros, los perros atados y a las bestias tralladas”, escribe Jesús García Barata en Pueblo Merchero, un grupo de Facebook en que reúne a integrantes de este grupo social. Los mercheros o quinquis, como eran conocidos en los años ochenta, son una etnia nómada que durante 400 años recorrió en sus carromatos la geografía española de punta a punta. Durante la etapa final del franquismo, los mercheros fueron perseguidos y obligados a abandonar su estilo de vida. En la actualidad, muchos mercheros jóvenes han olvidado que lo son. Un grupo de ellos usa las redes sociales para intentar que su memoria no se pierda.

Jesús García Barata (León, 1960) es uno de los pocos que conoce de primera mano la vida de los caminos. García, al que también conocen como el Rojo, vivió hasta los 17 años pegado a los carromatos recorriendo el norte de la península con su familia. En su vida ha tenido muchas profesiones: feriante, tratante de colchones e instalador de canalones. Ahora se dedica a la fontanería “para seguir en el negocio del estaño” como sus antepasados y lamenta de que tras 40 años de democracia la gente siga sin saber nada de su pueblo y los siga confundiendo con gitanos. “Tenemos estilos de vida similares, pero somos distintos”, aclara. Jesús García comprendió la necesidad de reivindicarse como merchero. Mientras cumplía condena por menudeo de drogas, un compañero le prestó el libro Camina o Revienta del también merchero Eleuterio Sánchez, más conocido como El Lute, y su lectura le inspiró. “Comprendí que con una máquina de escribir se podía vencer a la injusticia”, escribe García en Pueblo Merchero, uno de los grupos de Facebook que reúne a miembros de esta etnia de toda España.

La responsable de este grupo de Facebook y de la mayor parte de los blogs y páginas web dedicadas a mercheros es Remedios García Grande. Remedios, o María Merchera como es más conocida. Tiene 54 años y nació en Burgos aunque ahora reside entre Bilbao y Berna (Suiza). Remedios García Grande es autora del libro Ni una palabra más en el que cuenta su vida como merchera, y hace ocho años abrió un blog para luchar contra la mala prensa que tienen su etnia. “Estaba harta y quería demostrar que ser merchero no significa ser un delincuente ni es ninguna vergüenza. Yo llevo ser merchera con orgullo”, tercia. Fue a través de las redes sociales que Remedios conoció a Jesús. Junto a otra merchera, Milagros Jiménez Reches, los tres gestionan Pueblo Merchero y Temple Merchero las páginas en las que invitan a jóvenes y mayores a compartir experiencias y recuerdos y a conocer más sobre su pueblo.

Eleuterio Sánchez posa frente a su mujer e hijos frente a su carro valenciano.
Eleuterio Sánchez posa frente a su mujer e hijos frente a su carro valenciano. CORTESÍA DE ELEUTERIO SÁNCHEZ

“Muchos mercheros han renunciado a decir que lo son, es una forma de protegerse”, explica García Grande. “Durante el franquismo éramos perseguidos por la Guardia Civil y al final nos obligaron a asentarnos. Sin contacto con otros mercheros como en la época de los carros la forma de vivir se fue perdiendo”, lamenta Remedios García, quien añade: “nuestra etnia se va a desvanecer, cada vez estamos más mezclados y ya muchos no viven la vida merchera ni siguen las costumbres”.

De los mercheros hay muy poco escrito. Según Javier García-Egoechea, autor del libro Minorías Malditas, la forma de vida trashumante de los mercheros siempre ha invitado al secretismo y confiar solo en el grupo. “Como todos los pueblos itinerantes han sido muy perseguidos a lo largo de la historia. Para eludir el control tenían muchas técnicas como cambiar de nombre, y también está el hecho de que en cada época se los ha llamado de una forma como andarríos o buhoneros. Todo esto hace muy difícil reconstruir su pasado”, comenta el autor.

Los mercheros están repartidos por toda España. Ciudades como Salamanca, Valladolid, León o Madrid albergan comunidades de mercheros. Organizados en clanes familiares, eran los ancianos de cada familia los que tomaban las decisiones familiares. “Tenemos mucho respeto por nuestros mayores. Es algo fundamental para nosotros”, comenta Milagros Jiménez. Además de esto, el silencio, la discreción y el honor a la palabra dada son los puntales principales en los que se basa el ser merchero. Una de las costumbres mercheras más representativas y que se está perdiendo es la de la “fuga”. Cuando dos jóvenes mercheros se enamoraban, lo habitual era que escaparan juntos durante unos días para luego volver y presentarse ante sus familias como pareja. “Es una costumbre que a mí me da pena que se pierda. Pero ya es cosa antigua”, describe Jiménez.

PALABRA DE MERCHERO

Una familia merchera descansa en un paradero en Ávila.
Una familia merchera descansa en un paradero en Ávila. CORTESÍA DE MADA SANZ

La palabra merchero viene probablemente de mercero, es decir vendedor de mercería, según comenta García-Egoechea. Componedor, otro de los nombres con los que se les conoce, viene de otro de los oficios que realizaban, el de reparar de utensilios de metal. Quinqui, el término más conocido para referirse a ellos viene de quincallero, o vendedor de quincalla, y la mayoría de ellos lo rechaza porque la prensa franquista y el éxito de películas como Perros Callejeros y el auge del cine quinqui, acabaron convirtiendo la palabra en sinónimo de delincuente.

En el siglo XXI, los mercheros ya no van en carromato, pero siguen apegados a profesiones nómadas. Ahora los carros se han transformado en furgonetas y camiones en los que transportan las atracciones que transportan de feria en feria por toda España. Según comenta Jiménez, otra de las profesiones típicas de los mercheros de hoy en día es la de vendedor ambulante en mercadillos en donde tienen puestos de ropa y antigüedades.

Los mercheros se hicieron tristemente célebres en los años setenta y ochentadel siglo pasado, cuando la prensa franquista convirtió a los quinquis en enemigos públicos. Es paradigmático el caso de Eleuterio Sánchez, el Lute, a quien sus fugas de prisión convirtieron en icono de esos años. Fue precisamente el Lute quién “desenterró el tema merchero”. Eleuterio Sánchez (Salamanca, 1942) considera su mayor logro “haberle ganado el pulso al sistema” sacándose la carrera de derecho durante su estancia en prisión. Fue allí donde se dio cuenta de que había que reivindicar su origen merchero. “Con nosotros el franquismo tenía carta blanca porque nadie denunciaba”, comenta. Eleuterio Sánchez fue el primer merchero que se reconoció públicamente como tal y ha defendido su etnia en los libros que ha publicado.

“La vida de los mercheros ha cambiado porque también lo ha hecho el mundo”, comenta pragmático García Barata. “Cuando se abandonaron los caminos comenzamos a tener una relación más cercana a los jichos (como llaman a los no mercheros), y cuanto más nos conozcan menos nos rechazarán. Lo único que podemos hacer es seguir contando nuestra historia”, zanja.

http://www.paleovivo.org/crowdfunding-analizar-adn-los-mercheros/

Carta de Eleuterio Sánchez (el lute)

Queridos mercheros:

Tal como  conté hace unos días, no ha sido aceptada judicialmente la demanda criminal que puse contra  la Sexta TV por el programa xenófago que emitieron sobre los mercheros. Está claro que nuestros justicias (siempre lo estuvo para mi) que se hacen pipí frente al llamado “Cuarto poder”, que constituyen los “plumillas” y adláteres. Nuestros jueces constituyen un  curioso  híbrido de conservadores-reaccionarios-cobardes, que tan solo se atreven con los más desdichados, de donde sacan la “fuerza moral” para  justificar su razón de existir. ¡Asco! Siento verdadero ascos  de estos señores de batas negras y puñetas blancas! Salud y libertad, Eleuterio Sánchez.

Ocasiones habrá para comentarlo en  algún programa televisivo. Apropósito de TV, he de deciros que el próximo día ocho (jueves) se emite un programa en 2, que me grabó hace ya algún tiempo, de 40-50′ de duración,   hacia las 23.45h.,  donde abordo, de manera dispersa,  la problemática merchera. No os lo perdáis.

Pedro Pardo articulos

«MI PADRE SE MERECÍA UNA CONDENA; PERO NO DE ETA, SINO DE LA JUSTICIA»

Remedios Garcia Grande

Remedios García Grande, hija de Pedro, el quinqui asesinado en Bermeo

El DNI decía que se llamaba Miguel, pero en realidad, la víctima era Pedro, un delincuente común que se escondía de la Policía

VÍCTOR VELAValladolid Miércoles, 23 mayo 2018, 08:59

Remedios García Grande tenía 22 años, un padre quinqui al que llamaban ‘El peleas’, ganas de volar en libertad –lejos de su casa, cerca de sus sueños– y en el regazo un niño de cinco años. Todo esto tenía Remedios aquel 26 de diciembre de 1984 en el que, sobre las 19:30 horas, dos hombres entraron en el Gurea Da, el bar que un tipo al que conocían como Miguel Castellanos, pero que en realidad se llamaba Pedro Pardo,regentaba en la calle Intxausti de Bermeo.

–¿Qué desean tomar?–, preguntó Miguel, desde detrás de la barra, con su mujer en la cocina, con su hija Remedios en una de las mesas, con su nieto en el regazo de la hija, con su yerno allí sentado. Tampoco había mucha más gente en el bar. La resaca de la Navidad había dejado el local medio vacío.

¿Qué desean tomar?

Sin mediar palabra, uno de los dos clientes (en torno a los 30 años, con barba, pelo rubio rizado) disparó dos veces a Miguel. Luego salieron corriendo. Las balas entraron por el maxilar inferior y un pómulo derecho. ‘El peleas’ falleció camino del ambulatorio.

«Me quedé sentada sin reaccionar», recuerda Remedios, casi 34 años después, desde una nueva vida. «Mi marido intentó coger una escopeta de mi padre, que era cazador. Ahora pienso que menos mal que no lo hizo». Cuenta Remedios que ETA ya había avisado a su padre. Dos meses antes mandó una carta. «Mi madre no sabía leer, así que me la dio a mi para que le dijera lo que ponía».

–¿Y qué ponía?

–’Miguel [ese era su último nombre, tuvo otras identidades entre medias, de ahí los distintos apellidos con su hija] si no te vas, iremos a por ti o a por tus hijos’. Mi padre no lo tuvo en cuenta. No se achantaba, era muy echado para adelante. Se pensaba que podía hacer frente a todo. Nunca pensó que lo asesinarían a sangre fría.

Remedios sabe que en el largo historial de ETA, el asesinato de su padre es singular. «Era un traficante de droga. Los años 80, la heroína. ETA justificó su muerte porque decían que así se limpiaba de droga el País Vasco. Esa era la excusa, porque en realidad los terroristas no necesitaban justificaciones para matar. Lo mismo le daban guardias civiles que políticos o gente como mi padre». Un quinqui –emparentado con ‘El Lute’– que traficaba y andaba metido en mil trapicheos.

El DNI decía que se llamaba Miguel Castellanos, natural de Santa Coloma de Gramanet. Así lo contó la prensa. Así lo consignó la Guardia Civil. Así se incluyó en la investigación de su muerte (al menos hasta un año después). Y así se lo enterró en el cementerio de Derio. Pero Miguel, en realidad, se llamaba Pedro Pardo Romero, un merchero salmantino que se recorrió Castilla, y luego España, de punta a punta «como temporero, arreglando cacharros, con trabajos artesanales». A finales de los años 60, se marchó con la familia a vivir a Cataluña. Allí le mandaron a prisión, después de cometer varios atracos. «Durante el tiempo que mi padre estuvo en la cárcel de Barcelona, con mi madre al cargo parecía que la situación mejoraba. Pero cuando salió, volvió el descontrol total». La delincuencia, el robo de bancos, de joyas, la droga, el tabaco de contrabando, la agilidad con la navaja. En 1975, Pedro robó en la calle el DNI a un tal Miguel Castellanos, comerciante, pegó una foto suya en el carné y durante nueve años vivió con esa identidad. Hasta que ETA lo mató en Bermeo, donde huyó con su familia, acorralado por la Policía.

«Cuando asesinaron a mi padre, mi vida dio un giro de 180 grados. Es contradictorio, pero yo me liberé», cuenta Remedios. «Esa era su forma de vida. Y yo no la aceptada. Mis tres hermanos estaban enganchados por culpa de mi padre;si él no hubiera puesto la droga en sus manos, hoy en día puede que estuvieran vivos. Es algo que nunca perdonaré. Desde muy pequeña, ya supe que aquello no era normal. Pero para castigar a mi padre tenía que estar la Justicia: merecía la cárcel, dos años o toda la vida, lo que el tribunal dijera. Pero ni ETA ni nadie tenía derecho a tomarse la justicia por su cuenta», recuerda.

«Es duro decirlo, una contradicción, pero cuando asesinaron a mi padre, yo me liberé»

Después del asesinato de su padre, la familia se mudó a Bilbao. Los hermanos de Remedios naufragaron en la droga (morirían los tres). «Yo no tiré por ese camino. Eché para adelante a trancas y barrancas. No caí en la droga, nunca me he drogado, pero me hundí en la depresión. A la muerte de mi padre se sumó todo lo que yo arrastraba: siempre fui la oveja negra de mi familia. He evolucionado de forma distinta a los códigos. Siempre me he rebelado. Eso no era una vida normal. Me sentía como ahogada. La muerte de mi padre me hizo ver que quería ser libre, para vivir como quiero y para decir bien alto lo que pienso». Pero la fuerte presencia de Pedro se lo impedía. «Él tenía pensado comprar una parcela en Salamanca y marcharse allí. Pero ETA lo mató».

Con los años –después de vivir en Bilbao, Suiza, ahora Mallorca–, Remedios ha aprendido que la mejor forma de domesticar los recuerdos es escribir. «Fui al psicólogo, al psiquiatra… pero la escritura ha sido mi mejor ayuda». Ha publicado un libro, ‘Ni una palabra más’, en el que cuenta su vida, y ha abierto un blog y un grupo de facebook para «aplacar la mala imagen de una etnia, tradicionalmente vinculada con la delincuencia y la marginalidad». «Ser merchera es un orgullo, no una vergüenza. No todos los mercheros somos iguales. Estamos cansados de que nos metan a todos en el mismo saco. Basta ya de historias negras y falsedades», escribe en su blog (mariamercherawordpress.com).

Pedro Pardo Romero: un delincuente asesinado en su bar. Nacido en Cristóbal de la Sierra (Salamanca)y criado en Ciudad Rodrigo. Hostelero dedicado al trapicheo.26 DE DICIEMBRE DE 1984

Todos los registros de víctimas de ETA lo identificaban como Miguel Castellanos Escamilla, asesinado el 26 de diciembre de 1984. Pero, en realidad, Miguel se llamaba Pedro Pardo Romero. ETAlo disparó cuando estaba detrás de la barra del bar que regentaba en Bermeo. Era hostelero, aunque tenía tras de sí un amplio historial delictivo de robos, atracos y tráfico de drogas. La Audiencia Nacional condenó a Fernando Uriarte a 17 años, 4 meses y 1 día por su implicación en el asesinato.

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“El Peleas” El Merchero, Kinki, “sin nombre”

Pedro Pardo, pariente de ‘El Lute’, asesinado y enterrado bajo una falsa identidad

26 de Diciembre de 2011 – 09:10:01 – M.J. Grech 

El miércoles 26 de diciembre de 1984, sobre las 19:30 horas, dos miembros de la banda terrorista ETA asesinaban a tiros en Bermeo al propietario del bar Gurea Da, PEDRO PARDO ROMERO, disparándole a bocajarro en su propio bar y delante de varios miembros de su familia, entre ellos su hija Remedios.

A última hora de la tarde de aquel miércoles 26 de diciembre, dos jóvenes de unos 30 y 28 años, respectivamente, entraron en el bar Gurea Da, situado en el número 28 de la calle Intxausti, en el casco viejo de Bermeo (Vizcaya). Pedro Pardo, que utilizaba la identidad falsa de Miguel Castellanos Escamilla, era en realidad un merchero apodado El Peleas. En el interior del bar se encontraban, únicamente, Pedro Pardo, su esposa y varios de sus hijos. Una vez dentro, los jóvenes pidieron una consumición y uno de ellos, el que aparentaba mayor edad, de complexión normal, barba, pelo rubio rizado y 1,70 metros de estatura, sacó una pistola y disparó dos veces en la cara a Pedro Pardo, alcanzándole en el maxilar inferior y el pómulo derecho. Inmediatamente, los terroristas huyeron del lugar y escaparon, presumiblemente, en un coche que les esperaba en el exterior.

Pedro Pardo Romero fue trasladado en una ambulancia de la Cruz Roja de Bermeo a la residencia sanitaria de Cruces, en Baracaldo, en gravísimo estado, pero falleció durante el trayecto. En el lugar del crimen, las Fuerzas de Seguridad recogieron dos casquillos de bala del calibre 9 milímetros parabellum.

Poco después de cometerse el atentado, la Guardia Civil montó controles de vigilancia en Bermeo y sus alrededores. El 28 de diciembre, el diario ABC publicaba que según fuentes de la Policía Municipal de Bermeo, el propietario del bar Gurea Da, conocido como Miguel Castellanos Escamilla y que acababa de ser asesinado por ETA, se dedicaba al tráfico de estupefacientes. ETA reivindicaría el asesinato acusando a la víctima de “trapichear” con droga y ser “soplón” de la Guardia Civil, falsa acusación que la banda solía utilizar para justificar muchos de sus crímenes. La hija de la víctima, Remedios García Grande, ha contado a Libertad Digital que su padre jamás fue un soplón: “mi padre, antes muerto que ser soplón”. Bajo la falsa identidad de Miguel Castellanos el día siguiente al atentado, 27 de diciembre, fue enterrado en el cementerio vizcaíno de Derio el cuerpo sin vida de Pedro Pardo Romero, después de que hubieran sido oficiadas las honras fúnebres.

El asesinato de Pedro Pardo, como el de tantos otros en los años de plomo, no generó numerosas reacciones políticas. Tan sólo el secretario general del Partido Socialista en Vizcaya, Ricardo García Damborenea condenó públicamente el atentado. Damborenea hizo público un comunicado en el que, además de condenar el crimen, reclamaba a los ciudadanos “toda la colaboración que pueda contribuir a desenmascarar a los asesinos” y lamentaba que “en Navidad, cuando todos estamos intentando buscar soluciones a nuestros problemas, ETA sigue empeñada en recordarnos su existencia y en convencernos de lo que ya sabíamos: que sabe matar”.

En 1987 la Audiencia Nacional condenaba al ex policía municipal de Bermeo Fernando Uriarte Elorduy a 17 años, 4 meses y un día de prisión por su complicidad en el asesinato de “Pedro García Suárez”, identidad falsa atribuida a Pedro Pardo Romero tras descubrirse en 1985 que el nombre que utilizaba, Miguel Castellanos, no se correspondía con el verdadero. Así, de error en error durante años, la Fiscalía había solicitado 27 años de cárcel para Uriarte, por haber ofrecido su domicilio a miembros de ETA y por haberles dado datos sobre la persona que regentaba el bar Gurea Da, en Bermeo. Los asesinos se habrían refugiado en casa de Uriarte tras el crimen y al día siguiente se habrían dado a la fuga. En 1987, el diario ABC recogía la petición de la Fiscalía arrastrando los sucesivos errores en la identificación del fallecido: “La víctima fue identificada como Miguel Castellanos Escamilla, y así se procedió al entierro, pero la Guardia Civil aclaró después que se trataba de Pedro García Suárez, natural de Salamanca, de raza gitana”. Ocho años después del atentado, en 1992, los medios todavía recogían noticias citando a Uriarte Elorduy como colaborador en el asesinato de “Pedro García Suárez” (ABC 3/7/1992) mientras que aún hoy, en los listados oficiales del Ministerio del Interior, la víctima figura bajo la identidad también falsa de “Miguel Castellanos Escamilla”.

El ex policía municipal Fernando Uriarte Elorduy, que también sería condenado por su colaboración en otros atentados como el del teniente de Navío Antonio de Vicente Comesaña, vio cómo se le aplicaba el artículo 45 del Reglamento Penitenciario, disfrutando de régimen abierto –tercer grado– pocos años después de ser condenado. Uriarte, que fue encarcelado en 1986, cumplió solamente 4 años en prisión pese a que en 1995 ya acumulaba penas que sumaban más de 57 años (ABC, 15/8/1995).

Pedro Pardo Romero, era natural de Cristóbal de la Sierra (Salamanca), aunque ni siquiera este dato es seguro, dado el error en la identificación de la víctima que se arrastró durante años. Estaba casado con Piedad Grande Blanco y tenía seis hijos, cinco chicos y una chica. Uno murió de meses por una pulmonía, otro fue atropellado por un coche cuando tenía 9 años, y otros tres murieron por las drogas. 

El número de noviembre de 1997 de la revista de la Guardia Civil arrojó algo de luz sobre la identidad de la víctima. En dicho número, el subteniente de la Guardia Civil José Luis Cervero Carrillo escribía que la verdadera identidad del fallecido ya había sido descubierta en 1985, tras cotejar sus huellas dactilares, por el entonces capitán Antonio Martínez-Herrera Escribano. Según Cervero Carrillo “el muerto era en realidad el huidizo quinqui Pedro Pardo Romero y no el inocente Miguel Castellanos”.

Pedro Pardo Romero, pariente del célebre Eleuterio Sánchez, El Lute, era un peligroso delincuente conocido como El Peleas. En enero de 1966 estuvo involucrado en una reyerta ocurrida en El Payo (Salamanca), entre familias quinquis, en la que resultó muerto su cuñado y él acabó gravemente herido, hospitalizado en Ciudad Rodrigo bajo la identidad falsa de Pedro García Suárez, que años después figuraría en la sentencia por su asesinato. Diez años después de dicha reyerta, El Peleas fue detenido en Barcelona por varios atracos. Fue precisamente en esa ciudad donde en 1975 Pedro Pardo Romero había robado el permiso de conducir y el DNI de Miguel Castellanos Escamilla, identidad ésta bajo la que sería enterrado tras su asesinato.

En junio de 2009, la hija de Pedro Pardo, Remedios García Grande, decidió contar en las páginas del semanario Interviú sus vivencias en el seno de una familia de mercheros, relatando cómo fueron aquellos años envueltos en robos, abusos sexuales, tráfico de drogas y prostitución. Un año después, en junio de 2010 veía la luz la biografía de Remedios, titulada  Ni una palabra más (Ed. Beatriz Celaya Barturen, 2010), en la que profundizaba en el relato de esa complicada vida nómada en la que su familia deambuló por Salamanca, Barcelona, San Baudilio de Llobregat, Bermeo… y en la que ella vio cómo la cárcel, la hepatitis, el alcohol, la heroína y el SIDA acababan con sus tres hermanos, hasta que finalmente la banda terrorista ETA asesinó a su padre disparándole dos tiros en la cara.

Según el testimonio de Remedios, desde niña vio cómo su padre se dedicaba al contrabando de tabaco, a atracar casas y joyerías, a recorrer España robando. Vio cómo pegaba a su madre cada vez que salía de prisión. Sufrió en carne propia los abusos de El Peleas y vio cómo éste convertía en camellos a sus propios hijos. Según declaró a Interviú la hija de Pedro Pardo, una vez estuvieron establecidos en Bermeo “cuando los periódicos hablaban de robos y violaciones en el monte de Artxanda, yo intuía que era él. Luego veía que llegaba a casa con joyas robadas”. Allí, El Peleas comenzó montando timbas ilegales y rápidamente se hizo con el negocio de la heroína en el pueblo. Ocho años después de haber llegado a Bermeo, Pedro Pardo Romero recibió una carta de ETA: o se marchaba o le matarían, tal y como finalmente sucedió. Su hija resumía en Interviú cómo fueron los momentos siguientes, tras el funeral y el entierro de la víctima con la falsa identidad: “al día siguiente salimos a escondidas, como ratas”.

A finales de los 90, Remedios decidió devolverle a su padre su verdadera identidad, lo que realmente conseguiría tras un calvario judicial que acabaría en 2002. Remedios, que conoce mejor que nadie quién era su padre y que lo sufrió en primera persona, afirmaba en 2010, en una entrevista recogida en El Correo a propósito de la publicación de su biografía, que “si un juez le hubiera metido veinte o treinta años en la cárcel, yo no habría tenido nada en contra. Pero, por malo que fuera, ETA no tenía derecho a matarle“.

http://blogs.libertaddigital.com/in-memoriam/

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EL CORREO ENTREVISTA

12.06.10 – 02:50 – IÑAKI ESTEBAN | BILBAO.

 «Por malo que fuera, ETA no tenía derecho a matar a mi padre»

“Si un juez le hubiera metido veinte o treinta años… no habría tenido nada en contra”

Decir que la vida de Remedios García Grande ha sido difícil suena demasiado blando e inexacto. ¿Cómo adjetivar el currículo de una mujer de 48 años, de origen merchero o ‘quinqui’, con un padre al que asesinó ETA por narcotraficante en 1984, con tres hermanos muertos de sida, ex prostituta, ex interna en el psiquiátrico de Zaldibar y maltratada por uno de sus maridos?

Remedios García Grande no es una mujer normal. Después de todo lo que ha vivido, ayer estaba serena, lúcida y orgullosa. Presentaba en la Feria del Libro de Bilbao sus memorias, tituladas “Ni una palabra más”, el relato sin adornos ni justificaciones de una existencia brutal e implacable que ahora ya es pasado. «Me he quitado un peso de encima», resumió al presentar su obra.

De la misma familia que ‘El Lute’, Remedios vivió hasta los cuatro años en carros, yendo de un lado a otro y comiendo de lo que robaba su padre. A esa edad fueron a un poblado de chabolas hasta que les realojaron en un piso de Sant Boi, la localidad de la periferia de Barcelona donde vivía ‘El Vaquilla’, su vecino, y donde los médicos no entraban por miedo.

La autora de ‘Ni una palabra más’ conoció pronto la cárcel. Desde los siete años iba con su madre y sus tres hermanos dos veces al año para visitar a su padre, un hombre violento y temido, con un variado historial delictivo y un singular manejo de la navaja y la pistola. «Sólo me acuerdo de que nos cacheaban a todos, de que había que pasar muchas puertas hasta llegar al patio y de que nuestra madre nos obligaba a decir que su marido estaba en el hospital», recuerda.

Los años del sida

Al salir de La Modelo, la prisión barcelonesa, el padre se dedicó a atracar joyerías, bancos y casas, y a vender tabaco de contrabando. La Policía iba a por él, así que hizo lo que acostumbraba cuando vivía yendo de un lado a otro en un carro: empaquetar y huir de noche.

La familia llegó a Bermeo en el invierno de 1976, el padre con la identidad de un hombre al que había atracado y robado el vehículo, Manuel Castellanos Escamilla. Pronto cogieron el bar Gurea Da de la calle Intxausti, y enseguida se hicieron con el negocio de la heroína en el pueblo, mientras Remedios trabajaba en la industria conservera.

Fueron los años en los que la droga y después el sida hicieron estragos en Euskadi, particularmente en el pueblo costero. El padre de Remedios convirtió en camellos a sus hijos, pensando en que no tocarían el ‘caballo’, cosa que sí hicieron, y a pesar de que tenía dinero no abandonó su crueldad delictiva. Era de los delincuentes que iba a Artxanda, atracaba a las parejas que estaban en los coches y a veces violaba a las chicas.

«¿Por qué lo hacía ?», se pregunta Remedios. «No lo sé. Por una parte era muy generoso con los que menos tenían y por otra hacía ese tipo de cosas. Me sentía muy avergonzada. Y me parecía que yo también merecía un castigo, hasta que exploté y me rebelé contra todo eso. De hecho, aunque sea duro decirlo, la muerte de mi padre fue para mí una liberación».

Tres miembros de ETA entraron al Gurea Da el 26 de diciembre de 1984. Dispararon tres tiros, dos de ellos alcanzaron la cabeza de Manuel Castellanos Escamilla y el último rompió un espejo, pues al salir la bala la víctima yacía ya en el suelo. «Si un juez le hubiera metido veinte o treinta años en la cárcel, yo no habría tenido nada en contra. Pero, por malo que fuera, ETA no tenía derecho a matarle», dice Remedios, que catorce años después consiguió la indemnización para su familia por ser víctima del terrorismo.

El asesinato les hizo huir de Bermeo y asentarse en Bilbao. La vida no fue mucho mejor. Tuvo que ver el deterioro y la muerte de sus tres hermanos, lo que más le ha dolido en su vida, y tocó fondo en varias ocasiones. Por eso dice que si su libro sirve para que tan sólo una persona saque la cabeza del fango, ya se dará por satisfecha. «Hoy tengo dos hijos maravillosos, una pareja que me apoya y la tranquilidad que tuve en la otra vida».

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El Peleas, la víctima desconocida de ETA. 

Un hombre asesinado en 1984 está enterrado con la falsa identidad de otro.

Hasta ahora no tenía ni nombre ni rostro. O, mejor dicho, tenía sólo nombre, pero equivocado. El quinqui Pedro Pardo Romero, El Peleas, asesinado por ETA hace casi 13 años, figura inscrito en las listas del Ministerio del Interior y de la Asociación Víctimas del Terrorismo, con la falsa identidad de Miguel Castellanos Escamilla.

El difunto había usurpado la filiación de Castellanos y así pasó -hasta hoy- a la historia sangrienta del terrorismo, pese a que la Guardia Civil ya había descubierto el engaño en 1985. El miércoles 26 de diciembre de 1984, dos hombres, entraron en el bar Gurea Da, sito en la calle de Inchausti de la localidad vizcaína de Bermeo. Tras pedir una consumición al encargado, uno de ellos -aparentaba unos 30 años, 1,70 de estatura, con barba, cabello rubio y rizado- efectuó dos disparos contra el dueño del establecimiento. La víctima murió en el acto como resultado de dos impactos de bala en el maxilar inferior y el pómulo derecho.

Del fallecido se publicó entonces que tenía 47 años, que estaba casado, que era padre de cuatro hijos, que había nacido en la localidad barcelonesa de Santa Coloma de Gramanet… y que se llamaba Miguel Castellanos Escamilla. Como tal fue enterrado en el cementerio de Derio, sin que nadie pusiera en duda tal identidad y sin que las autoridades se molestaran en comprobar en aquellos momentos si éste era realmente su nombre.

El asesinato originó escasas reacciones políticas. Sólo Ricardo García Damborenea, entonces secretario general de los socialistas vizcaínos y hoy procesado en relación con el caso GAL, reprobó el crimen cometido  “en Navidad, cuando todos estamos estamos intentando buscar soluciones a nuestros problemas”. En los archivos periodísticos no hay ninguna foto del muerto ni consta ninguna declaración de su desconsolada viuda, Piedad Grande Blanco. ETA se responsabilizó poco después del atentado, a la vez que acusaba al fallecido de trapichear con, drogas y ser soplón de la Guardia Civil.

Huellas dactilares
La víctima pasó oficialmente a la historia con el nombre de Miguel Castellanos, y su muerte quedó en el olvido. Sin embargo, el entonces capitán Antonio Martínez-Herrera Escribano descubrió en 1985, tras cotejar las huellas dactilares, que “el muerto era en realidad el huidizo quinqui Pedro Pardo Romero y no el inocente Miguel Castellanos”, según escribe en el último número de la revista Guardia Civil el subteniente José Luis Cervero Carrillo. Curiosamente, éste es uno de los periodistas que descubrieron la trama del ex director general del cuerpo Luis Roldán. Miguel Castellanos, un vecino de Barcelona, nacido en 1947, a quien en el año 1975 le fue sustraído su DNI en la localidad catalana de San Baudilio de Llobregat, jamás ha sabido que en el cementerio de Derio hay una inscripción con su nombre. O, al menos, no consta públicamente que se haya quejado de tal usurpación de personalidad por parte del difunto quinqui, emparentado con el célebre Eleuterio Sánchez, El Lute.

Pedro Pardo Romero, miembro de la familia de quinaores de los Patusos, era un hombre peligroso y muy hábil en el manejo de los puños, de la tea (navaja) y de la puska (pistola). Estuvo involucrado en una reyerta entre familias quinquis ocurrida el 19 de enero de 1966 en El Payo (Salamanca), debido a que una joven de 18 años olvidó confesar a su marido que había perdido la virginidad antes de contraer nupcias. La reyerta se saldó con la muerte a puñaladas de Jesús Grande Blanco, mientras que su cuñado Pedro Pardo resultó gravemente herido por una bayoneta que le clavó un oponente.

El Peleas, hospitalizado en Ciudad Rodrigo bajo el falso nombre de Pedro García Suárez, escapó del sanatorio malherido y cubierto de vendajes. Diez años después fue detenido en Barcelona acusado de cometer varios atracos, lo que le acarreó un corto periodo entre rejas. Tras recobrar la libertad, la Guardia Civil perdió su pista y, según queda aclarado ahora, se estableció en la villa pesquera de Bermeo, donde en 1984 ETA puso fin a sus andanzas mediante dos balas del calibre 9 Parabellum. Meses después del atentado, el entonces capitán Martínez-Herrera comunicó a la Comandancia de Vizcaya que el enterrado como Miguel Castellanos era en realidad el merchero Pedro Pardo. Pero el error nunca fue corregido en los listados públicos de víctimas del terrorismo.

Pedro Pardo Romero
Asesinado por ETA en Bermeo (Vizcaya). Pedro era propietario del bar Gurea Da, en Bermeo. Aquel 26 de diciembre, poco después de las siete de la tarde, dos individuos entraron en el bar y lo mataron. Uno de ellos disparó dos tiros contra Pedro, que murió en el acto. Pedro Pardo, «El Peleas», poseía documentación a nombre de Miguel Castellanos Escamilla, identidad bajo la que fue enterrado. Muchos años después los listados oficiales del Ministerio de Interior todavía reflejaban que el 26 de diciembre de 1984 un vecino de Bermeo llamado Miguel Castellanos Escamilla fue asesinado a tiros por ETA.  Aún hoy hay fuentes en las que figura la falsa identidad. El verdadero Miguel Castellanos era un vecino de Barcelona que en 1975 denunció el robo de su DNI y del permiso de conducir en Santa Coloma de Gramanet. ETA justificó este asesinato alegando que Pedro se dedicaba al tráfico de drogas. Tenía cuatro hijos, tres chicos y una chica.

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LA HIJA DE UN QUINQUI

INTERVIU

•Ahora que los quinquis están de moda y los museos les dedican exposiciones, la hija de ‘el Peleas’, que fue uno de los más emblemáticos y peligrosos ‘mercheros’, rompe la ley del silencio. Remedios García sufrió las penurias de una vida nómada entre abusos, robos y narcotráfico.

Mi padre fue uno de los últimos ‘mercheros’ [quinquis] clásicos. Fue un nómada por obligación, y en los años 70 recorrió España robando. Luego se hizo narcotraficante, colocándose como intermediario entre los grandes capos turcos y los pequeños camellos: sus propios hijos”. Nada más nacer, Remedios se resbaló entre los brazos de su tío de 14 años y cayó sobre la nieve. Lo del pan bajo el brazo no estaba escrito para ella. Remedios García Grande tiene 46 años y es la única hija y nieta de quinquis que se atreve a romper la ley del silencio. Y tiene mucho que contar: vivió las reyertas y los robos, pero también sufrió los abusos de su padre, Pedro Pardo Romero, alias el Peleas, uno de los quinquis más temidos de la época. Remedios se crio en barriadas marginales de Barcelona y el País Vasco, donde vio morir enfermos o por la droga a tres de sus hermanos y caer abatido a su padre por las balas de ETA; y ha sentido en carne propia la violencia machista y la prostitución. “Sí, ser ‘merchera’ me ha dejado secuelas. A pesar de todo, estoy orgullosa de serlo – cuenta a interviú desde el País Vasco –. Mi casa siempre estará aquí, no tengo que huir de nada ni de nadie, ni siquiera de mi pasado ni de mis fantasmas. Me gusta la esencia de este país. La culpa nunca es del sitio, es de las personas y sus circunstancias”. Remedios acaba de terminar de escribir su sobrecogedora historia y busca quien publique tanta desgracia. Quizá sea ella la única que se atreva a destripar las miserias de estos clanes. “Somos una raza nómada con costumbres y leyes diferentes”, es una de sus primeras aclaraciones. Quinqui es un término manoseado, que hace referencia a cualquier delincuencia macarra de los años 70 y 80. Un fenómeno tan made in Spain que hasta el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) le está dedicando ahora una exposición (ver recuadro en la página 44).  A los auténticos quinquis se les ha conocido a lo largo de la historia como mercheros, quincalleros – aquellos que reparaban objetos de metal de escaso valor – o quinaores – que en argot significaba ladrón de caballos –.  Han pasado casi cien años de las primeras noticias sobre la presencia de familias nómadas que pasaron de arreglar calderas a asaltar trenes de mercancías. En 2009, hay hijos y nietos de mercheros que ni saben que lo son ni conocen la vida clandestina de sus antepasados; otros no quieren reconocer su procedencia, y los más han seguido por la senda de la delincuencia. “Somos otra raza – repite Remedios –, con una jerga, costumbres y leyes diferentes; pero no hay que meter a todos los ‘mercheros’ en el mismo saco”.  Admite que el machismo es una de las señas de identidad: “Si la mujer protesta mucho, el marido en seguida quiere ponerse en su papel de macho, y si hace falta, te da una paliza, algo muy normal dentro de mi raza, y por desgracia también en otras”. De hecho, vio como su padre, cada vez que salía de prisión, pegaba a su madre. Los momentos más dolorosos fueron de niña. Tenía tres años y su familia vivía todavía en Salamanca. Dos parientes mercheros la llevaron a dar un paseo por un bosquecillo. Uno de sus parientes la obligó a sentarse en una piedra, le quitó las bragas y comenzó a masturbarse. Gritos y llantos fueron su desahogo. “Desde ese día empecé a intuir las cosas antes de que me pasaran”, cuenta en su biografía. Cuando Remedios tenía diez años, se topó con la peor de las realidades. El padre llegaba a casa después de robar con sus compadres joyas y dinero en chalés, joyerías y bancos. Y su madre, Piedad Grande Blanco, del clan de los Blasones, le recriminó no haber llamado en muchos días. Era la primera vez que la pegaba delante de los niños. La golpeó tanto que el hermano mayor se interpuso. “Y la silla, cuyo destino era la cabeza de mi madre, acabó rota en la espalda de mi hermano”, narra Remedios. Poco después, su padre le pidió que le acompañase a robar fruta. Ya en el huerto, su padre gritó que venía la Guardia Civil.  Le pidió que se tumbase “y a todo correr se bajó el pantalón y con el pene erecto se tumbó sobre mí”.  Luego se escudó diciendo que era un truco para despistar a los guardias y que pensasen que eran una pareja en pleno calentón. “Nunca debió traspasar esa línea.  Me dejó un trauma, y todo ese pasado me llevó donde nunca pensé”, dice Remedios.  A finales de los 60 se marcharon a Barcelona.  Establecidos en una barriada marginal, su padre siguió delinquiendo y además se lanzó al contrabando. “Debería haberme tomado que mi padre era un delincuente como algo normal, como todas las ‘mercheras’, porque era parte de nuestras vidas”, explica. También hubo momentos felices, sobre todo cuando residían en Sant Boi de Llobregat, en la periferia barcelonesa, y su padre estaba preso: “Éramos pobres y humildes, pero vivíamos tranquilos”. Allí su madre se iba a las tres de la mañana a currar y Remedios y otros tres hermanos – entre ellos un bebé – se quedaban encerrados en casa.  En el barrio con ‘el Vaquilla’  El cautiverio era divertido: cabañas con los colchones y gamberradas varias.  A su hermano Patricio, que no tenía más de diez años, se le quedó pequeña la casa y se aproximó a José Antonio Moreno, el Vaquilla. Éste todavía no era el perro callejero de las películas, pero ya lo conocían por los robos de coches. Lo bueno se acabó cuando el Peleas salió de la cárcel y siguió robando.  Antes de huir de Cataluña robó el carné de identidad de un comerciante del barrio, Miguel Castellanos. Falsificó el DNI y colocó allí su foto, “sepultando para siempre su verdadero nombre, Pedro Pardo Romero”.  Toda la familia se fue a Bermeo (Vizcaya).  Allí, con su nueva identidad, cogió un bar y la familia se integró. El Peleas no soportaba una vida en paz, así que compaginaba la barra del bar con los robos. “Cuando los periódicos hablaban de robos y violaciones en el monte de Artxanda, yo intuía que era él.  Luego veía que llegaba a casa con joyas robadas”,  relata Remedios. Además de montar timbas ilegales, el Peleas comenzó a trapichear con droga y se convirtió en el narco del pueblo. Ocho años después, a principios de los 80, le llegó una carta de ETA: o se marchaba de Bermeo o lo mataban. El 26 de diciembre de 1984, dos hombres entraron en su casa y lo acribillaron delante de Remedios y su hijo de cuatro años.  “Al día siguiente salimos a escondidas, como ratas”,  recuerda la hija del quinqui.  El destino era Bilbao. Con 22 años, casada y con un niño, la única solución que vio para sobrevivir fue la prostitución.  En sus memorias admite que se metió en esa actividad “por un sentimiento de culpa, de pagar por los errores cometidos por mi padre, que me arrastraron hacia la destrucción”.  De chavala se cortaba los brazos con cuchillas por el mismo motivo.  El casco viejo de Bilbao era su hogar, de casa en casa de citas.  Después,  siete años como encargada de uno de los burdeles. Mientras, sus hermanos se esfumaban entre la cárcel, la heroína, el alcohol, la hepatitis y el sida. De nuevo se quedó embarazada, y su pareja – también delincuente – no paraba de darle palizas. Tomaba tranquilizantes y vendía heroína para tirar. A finales de los 90, decidió desenterrar a su padre y devolverle su verdadera identidad.  Así cobraría la indemnización como hija de un asesinado por ETA.  Un calvario burocrático para que fuese admitida como hija legítima.  En el 2002 cobró y aprendió a no sentirse culpable.  “Nací en la familia que me tocó y creo que he pagado por ello”, dice en sus memorias. Remedios sigue buscando la tranquilidad.  “Desde niña me rebelé.  Esto no es una secta, el que quiere puede vivir como le dé la gana, no tiene que seguir los pasos de su padre.  El único precio que paga es que te repudien, que te miren mal, pero me da igual, ellos no me han dado de comer. Lo mismo que tengo parientes etarras o traficantes, tengo primos que son guardias civiles o enfermera.

Esto que dice el periodista José Catalán Deus es lo que tenemos que hacer,  reivindicar nuestra memoria individual y colectiva de los mercheros, y basta ya!! de historias negras y falsedades, antes de escribir o dar información sobre nosotros que nos pregunten,  solo hacen confundir a la gente sobre lo que fuimos o somos.

 

 

 

 

EL RINCON DE LOS MERCHEROS

Buenas tardes a todos.

Hoy domingo día 8 de noviembre, comienzo con muchísima ilusión, este nuevo proyecto. Me llamo María Remedios y soy merchera, animada por una amiga he decidido crear este blog, para dar a conocer más sobre los mercheros, nuestras costumbres, nuestra forma de vida. Por otra parte, he podido comprobar que el artículo que escribió una bloguera y amiga ANAROSKI, se ha convertido en un foro donde muchos mercheros participamos, y eso me dio la idea. 

La idea de crear un lugar, donde quepamos todos, mercheros, payos, gitanos, amigos que quieran conocernos un poco más en definitiva, y por supuesto constituir un foro donde los mercheros podamos hablar, opinar, y conocernos. 

Sin más, espero que os guste esta iniciativa, y cómo la actriz que antes de su primer estreno, cruza los dedos y le tiemblan las piernas, espero con mucho cariño e impaciencia vuestras visitas y comentarios.

                                                                                               

                                       MARIA DE VIAJE POR ALEMANIA

Maria merchera