mariamerchera. No al maltrato!!.
Mariamerchera. No al maltrato!!.
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Mariamerchera – 1ª parte
26 12 2009Mariamerchera – 1ª parte
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Mariamerchera – 2ª parte
26 12 2009Mariamerchera – 2º parte
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EL RINCÓN DE LOS MERCHEROS
8 11 2009Buenas tardes a todos.
Hoy domingo día 8 de noviembre, comienzo con muchísima ilusión, este nuevo proyecto. Me llamo María Remedios y soy merchera, animada por una amiga he decidido crear este blog, para dar a conocer más sobre los mercheros, nuestras costumbres, nuestra forma de vida. Por otra parte, he podido comprobar que el artículo que escribió una bloguera y amiga ANAROSKI, se ha convertido en un foro donde muchos mercheros participamos, y eso me dio la idea.
La idea de crear un lugar, donde quepamos todos, mercheros, payos, gitanos, amigos que quieran conocernos un poco más en definitiva, y por supuesto constituir un foro donde los mercheros podamos hablar, opinar, y conocernos.
Sin más, espero que os guste esta iniciativa, y cómo la actriz que antes de su primer estreno, cruza los dedos y le tiemblan las piernas, espero con mucho cariño e impaciencia vuestras visitas y comentarios.
BUENAS TARDES A TODOS, BIENVENIDOS A MI CASA, VUESTRA CASA.
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Etiquetas: AMIGOS, EL RINCON DE LOS MERCHEROS, FOROS, MERCHEROS, NUEVO BLOG
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Siempre daré la cara
17 08 2009
1º_ Me han amenazado con matarme, porque hace 10 años salí en la revista interviú y hace 15 días también, que lo tengo que pagar, pero quisiera saber el que? “”Lo que sacaron de interviú que les a dolido es bajo responsabilidad de la revista, no mía”” Yo no he roto ninguna ley del silencio no soy ninguna chivata, si lo hubiera hecho hubiese escrito otra historia mas de mi vida, si me atacan me defenderé, solo hablo de mi y de lo que yo e vivido no hablo de nadie, nunca lo hice, nunca lo haré siempre que se me respete, pero de mi puedo hablar libremente, es mi silencio el que rompo, de mis vivencias personales y de mi padre el señor “peleas”. Que pidan cuentas a ellos no a mi yo no nombro a nadie. No pertenezco a ningún clan, voy por libre.
2º_ Desde aquí quiero dejar constancia de este hecho, si a los míos o a mi nos pasara algo la justicia ya sabe donde tiene que buscar, me defenderé siempre. Y como no debo nada temo. Yo soy merchera orgullosa de serlo, pero también lo estaría si fuera de otra raza, que yo no soy de nadie soy libre desde que nací y luchare siempre por mis derechos, estoy cansada muy cansada, estamos en un país libre vivimos en el siglo 21, yo no me quiero quedar estancada ni muda, al que le moleste como soy que me ignore y siga su camino, que yo voy por el mío, así que con mi vida hago lo que me de la gana.
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La hija del quinqui rompe la ley del silencio.
14 08 2009•Ahora que los quinquis están de moda y los museos les dedican exposiciones, la hija de ‘el Peleas’, que fue uno de los más emblemáticos y peligrosos ‘mercheros’, rompe la ley del silencio. Remedios García sufrió las penurias de una vida nómada entre abusos, robos y narcotráfico.
Mi padre fue uno de los últimos ‘mercheros’ [quinquis] clásicos. Fue un nómada por obligación, y en los años 70 recorrió España robando. Luego se hizo narcotraficante, colocándose como intermediario entre los grandes capos turcos y los pequeños camellos: sus propios hijos”.Nada más nacer, Remedios se resbaló entre los brazos de su tío de 14 años y cayó sobre la nieve. Lo del pan bajo el brazo no estaba escrito para ella. Remedios García Grande tiene 46 años y es la única hija y nieta de quinquis que se atreve a romper la ley del silencio. Y tiene mucho que contar: vivió las reyertas y los robos, pero también sufrió los abusos de su padre, Pedro Pardo Romero, alias el Peleas, uno de los quinquis más temidos de la época. Remedios se crio en barriadas marginales de Barcelona y el País Vasco, donde vio morir enfermos o por la droga a tres de sus hermanos y caer abatido a su padre por las balas de ETA; y ha sentido en carne propia la violencia machista y la prostitución. “Sí, ser ‘merchera’ me ha dejado secuelas. A pesar de todo, estoy orgullosa de serlo –cuenta a interviú desde el País Vasco–. Mi casa siempre estará aquí, no tengo que huir de nada ni de nadie, ni siquiera de mi pasado ni de mis fantasmas. Me gusta la esencia de este país. La culpa nunca es del sitio, es de las personas y sus circunstancias”.Remedios acaba de terminar de escribir su sobrecogedora historia y busca quien publique tanta desgracia. Quizá sea ella la única que se atreva a destripar las miserias de estos clanes. “Somos una raza nómada con costumbres y leyes diferentes”, es una de sus primeras aclaraciones. Quinqui es un término manoseado, que hace referencia a cualquier delincuencia macarra de los años 70 y 80. Un fenómeno tan made in Spain que hasta el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) le está dedicando ahora una exposición (ver recuadro en la página 44). A los auténticos quinquis se les ha conocido a lo largo de la historia como mercheros, quincalleros –aquellos que reparaban objetos de metal de escaso valor– o quinaores –que en argot significaba ladrón de caballos–. Han pasado casi cien años de las primeras noticias sobre la presencia de familias nómadas que pasaron de arreglar calderas a asaltar trenes de mercancías. En 2009, hay hijos y nietos de mercheros que ni saben que lo son ni conocen la vida clandestina de sus antepasados; otros no quieren reconocer su procedencia, y los más han seguido por la senda de la delincuencia. “Somos otra raza –repite Remedios–, con una jerga, costumbres y leyes diferentes; pero no hay que meter a todos los ‘mercheros’ en el mismo saco”. Admite que el machismo es una de las señas de identidad: “Si la mujer protesta mucho, el marido en seguida quiere ponerse en su papel de macho, y si hace falta, te da una paliza, algo muy normal dentro de mi raza, y por desgracia también en otras”. De hecho, vio como su padre, cada vez que salía de prisión, pegaba a su madre. Los momentos más dolorosos fueron de niña. Tenía tres años y su familia vivía todavía en Salamanca. Dos parientes mercheros la llevaron a dar un paseo por un bosquecillo. Uno de sus parientes la obligó a sentarse en una piedra, le quitó las bragas y comenzó a masturbarse. Gritos y llantos fueron su desahogo. “Desde ese día empecé a intuir las cosas antes de que me pasaran”, cuenta en su biografía. Cuando Remedios tenía diez años, se topó con la peor de las realidades. El padre llegaba a casa después de robar con sus compadres joyas y dinero en chalés, joyerías y bancos. Y su madre, Piedad Grande Blanco, del clan de los Blasones, le recriminó no haber llamado en muchos días. Era la primera vez que la pegaba delante de los niños. La golpeó tanto que el hermano mayor se interpuso. “Y la silla, cuyo destino era la cabeza de mi madre, acabó rota en la espalda de mi hermano”, narra Remedios. Poco después, su padre le pidió que le acompañase a robar fruta. Ya en el huerto, su padre gritó que venía la Guardia Civil. Le pidió que se tumbase “y a todo correr se bajó el pantalón y con el pene erecto se tumbó sobre mí”. Luego se escudó diciendo que era un truco para despistar a los guardias y que pensasen que eran una pareja en pleno calentón. “Nunca debió traspasar esa línea. Me dejó un trauma, y todo ese pasado me llevó donde nunca pensé”, dice Remedios. A finales de los 60 se marcharon a Barcelona. Establecidos en una barriada marginal, su padre siguió delinquiendo y además se lanzó al contrabando. “Debería haberme tomado que mi padre era un delincuente como algo normal, como todas las ‘mercheras’, porque era parte de nuestras vidas”, explica.También hubo momentos felices, sobre todo cuando residían en Sant Boi de Llobregat, en la periferia barcelonesa, y su padre estaba preso: “Éramos pobres y humildes, pero vivíamos tranquilos”. Allí su madre se iba a las tres de la mañana a currar y Remedios y otros tres hermanos –entre ellos un bebé– se quedaban encerrados en casa. En el barrio con ‘el Vaquilla’ El cautiverio era divertido: cabañas con los colchones y gamberradas varias. A su hermano Patricio, que no tenía más de diez años, se le quedó pequeña la casa y se aproximó a José Antonio Moreno, el Vaquilla. Éste todavía no era el perro callejero de las películas, pero ya lo conocían por los robos de coches. Lo bueno se acabó cuando el Peleas salió de la cárcel y siguió robando. Antes de huir de Cataluña robó el carné de identidad de un comerciante del barrio, Miguel Castellanos. Falsificó el DNI y colocó allí su foto, “sepultando para siempre su verdadero nombre, Pedro Pardo Romero”. Toda la familia se fue a Bermeo (Vizcaya). Allí, con su nueva identidad, cogió un bar y la familia se integró. El Peleas no soportaba una vida en paz, así que compaginaba la barra del bar con los robos. “Cuando los periódicos hablaban de robos y violaciones en el monte de Artxanda, yo intuía que era él. Luego veía que llegaba a casa con joyas robadas”, relata Remedios. Además de montar timbas ilegales, el Peleas comenzó a trapichear con droga y se convirtió en el narco del pueblo. Ocho años después, a principios de los 80, le llegó una carta de ETA: o se marchaba de Bermeo o lo mataban. El 26 de diciembre de 1984, dos hombres entraron en su casa y lo acribillaron delante de Remedios y su hijo de cuatro años. “Al día siguiente salimos a escondidas, como ratas”, recuerda la hija del quinqui. El destino era Bilbao. Con 22 años, casada y con un niño, la única solución que vio para sobrevivir fue la prostitución. En sus memorias admite que se metió en esa actividad “por un sentimiento de culpa, de pagar por los errores cometidos por mi padre, que me arrastraron hacia la destrucción”. De chavala se cortaba los brazos con cuchillas por el mismo motivo. El casco viejo de Bilbao era su hogar, de casa en casa de citas. Después, siete años como encargada de uno de los burdeles. Mientras, sus hermanos se esfumaban entre la cárcel, la heroína, el alcohol, la hepatitis y el sida. De nuevo se quedó embarazada, y su pareja –también delincuente– no paraba de darle palizas. Tomaba tranquilizantes y vendía heroína para tirar. A finales de los 90, decidió desenterrar a su padre y devolverle su verdadera identidad. Así cobraría la indemnización como hija de un asesinado por ETA. Un calvario burocrático para que fuese admitida como hija legítima. En el 2002 cobró y aprendió a no sentirse culpable. “Nací en la familia que me tocó y creo que he pagado por ello”, dice en sus memorias. Remedios sigue buscando la tranquilidad. “Desde niña me rebelé. Esto no es una secta, el que quiere puede vivir como le dé la gana, no tiene que seguir los pasos de su padre. El único precio que paga es que te repudien, que te miren mal, pero me da igual, ellos no me han dado de comer. Lo mismo que tengo parientes etarras o traficantes, tengo primos que son guardias civiles o enfermeras”.
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Recuerdos de una vida.
14 08 2009El Peleas, la víctima desconocida de ETA
Un hombre asesinado en 1984 está enterrado con la falsa identidad de otro.
Hasta ahora no tenía ni nombre ni rostro. O, mejor dicho, tenía sólo nombre, pero equivocado. El quinqui Pedro Pardo Romero, El Peleas, asesinado por ETA hace casi 13 años, figura inscrito en las listas del Ministerio del Interior y de la Asociación Víctimas del Terrorismo, con la falsa identidad de Miguel Castellanos Escamilla. El difunto había usurpado la filiación de Castellanos y así pasó -hasta hoy- a la historia sangrienta del terrorismo, pese a que la Guardia Civil ya había descubierto el engaño en 1985. El miércoles 26 de diciembre de 1984, dos hombres, entraron en el bar Gurea Da, sito en la calle de Inchausti de la localidad vizcaína de Bermeo. Tras pedir una consumición al encargado, uno de ellos -aparentaba unos 30 años, 1,70 de estatura, con barba, cabello rubio y rizado- efectuó dos disparos contra el dueño del establecimiento. La víctima murió en el acto como resultado de dos impactos de bala en el maxilar inferior y el pómulo derecho.
Del fallecido se publicó entonces que tenía 47 años, que estaba casado, que era padre de cuatro hijos, que había nacido en la localidad barcelonesa de Santa Coloma de Gramanet… y que se llamaba Miguel Castellanos Escamilla. Como tal fue enterrado en el cementerio de Derio, sin que nadie pusiera en duda tal identidad y sin que las autoridades se molestaran en comprobar en aquellos momentos si éste era realmente su nombre.
El asesinato originó escasas reacciones políticas. Sólo Ricardo García Damborenea, entonces secretario general de los socialistas vizcaínos y hoy procesado en relación con el caso GAL, reprobó el crimen cometido ”en Navidad, cuando todos estamos estamos intentando buscar soluciones a nuestros problemas”. En los archivos periodísticos no hay ninguna foto del muerto ni consta ninguna declaración de su desconsolada viuda, Piedad Grande Blanco. ETA se responsabilizó poco después del atentado, a la vez que acusaba al fallecido de trapichear con, drogas y ser soplón de la Guardia Civil.
Huellas dactilares
La víctima pasó oficialmente a la historia con el nombre de Miguel Castellanos, y su muerte quedó en el olvido. Sin embargo, el entonces capitán Antonio Martínez-Herrera Escribano descubrió en 1985, tras cotejar las huellas dactilares, que “el muerto era en realidad el huidizo quinqui Pedro Pardo Romero y no el inocente Miguel Castellanos”, según escribe en el último número de la revista Guardia Civil el subteniente José Luis Cervero Carrillo. Curiosamente, éste es uno de los periodistas que descubrieron la trama del ex director general del cuerpo Luis Roldán.Manuel Castellanos, un vecino de Barcelona, nacido en 1947, a quien en el año 1975 le fue sustraído su DNI en la localidad catalana de San Baudilio de Llobregat, jamás ha sabido que en el cementerio de Derio hay una inscripción con su nombre. O, al menos, no consta públicamente que se haya quejado de tal usurpación de personalidad por parte del difunto quinqui, emparentado con el célebre Eleuterio Sánchez, El Lute.
Pedro Pardo Romero, miembro de la familia de quinaores de los Patusos, era un hombre peligroso y muy hábil en el manejo de los puños, de la tea (navaja) y de la puska (pistola). Estuvo involucrado en una reyerta entre familias quinquis ocurrida el 19 de enero de 1966 en El Payo (Salamanca), debido a que una joven de 18 años olvidó confesar a su marido que había perdido la virginidad antes de contraer nupcias. La reyerta se saldó con la muerte a puñaladas de Jesús Grande Blanco, mientras que su cuñado Pedro Pardo resultó gravemente herido por una bayoneta que le clavó un oponente.
El Peleas, hospitalizado en Ciudad Rodrigo bajo el falso nombre de Pedro García Suárez, escapó del sanatorio malherido y cubierto de vendajes. Diez años después fue detenido en Barcelona acusado de cometer varios atracos, lo que le acarreó un corto periodo entre rejas. Tras recobrar la libertad, la Guardia Civil perdió su pista y, según queda aclarado ahora, se estableció en la villa pesquera de Bermeo, donde en 1984 ETA puso fin a sus andanzas mediante dos balas del calibre 9 Parabellum.
Meses después del atentado, el entonces capitán Martínez-Herrera comunicó a la Comandancia de Vizcaya que el enterrado como Miguel Castellanos era en realidad el merchero Pedro Pardo. Pero el error nunca fue corregido en los listados públicos de víctimas del terrorismo.
Pedro Pardo Romero
Asesinado por ETA en Bermeo (Vizcaya). Pedro era propietario del bar Gurea Da, en Bermeo. Aquel 26 de diciembre, poco después de las siete de la tarde, dos individuos entraron en el bar y lo mataron. Uno de ellos disparó dos tiros contra Pedro, que murió en el acto. Pedro Pardo, «El Peleas», poseía documentación a nombre de Manuel Castellanos Escamilla, identidad bajo la que fue enterrado. Muchos años después los listados oficiales del Ministerio de Interior todavía reflejaban que el 26 de diciembre de 1984 un vecino de Bermeo llamado Miguel Castellanos Escamilla fue asesinado a tiros por ETA. Aún hoy hay fuentes en las que figura la falsa identidad. El verdadero Miguel Castellanos era un vecino de Barcelona que en 1975 denunció el robo de su DNI y del permiso de conducir en Santa Coloma de Gramanet. ETA justificó este asesinato alegando que Pedro se dedicaba al tráfico de drogas. Tenía cuatro hijos, tres chicos y una chica.
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